
El creciente número de emisiones de participaciones preferentes de las cajas tiene una explicación muy clara: al no ser empresas, al no tener accionistas, no pueden ampliar capital. Y la única forma que tienen de conseguir capital es mediante los beneficios o mediante estas emisiones. Los beneficios están a la baja, así que las emisiones son lo que queda.
Aún así están en una situación de riesgo frente a los bancos, que en una última instancia pueden ampliar capital y si nadie acude, el Estado podría entrar como accionista si quiere salvar la entidad. En una caja esto es más complicado, y la única forma que tendría de ampliar capital sería cambiando el concepto mismo de las cajas, “privatizándolas”.
Y entrecomillo lo de privatizar porque tampoco son entidades públicas. Son entidades que no tienen dueño, no tienen accionistas, y cuyos consejos están formado principalmente por políticos de la Comunidad Autónoma a la que pertenecen.
En una crisis financiera como la que vivimos, tienen un problema. No tienen las herramientas para sanear sus cuentas adecuadamente. Y además son entidades, que al haber estado controladas por políticos, han tomado algunos riesgos desmedidos (no todas, por supuesto).
¿Cuál es el futuro de las cajas? ¿Seguir fieles a su espíritu con el riesgo de que quiebren y desaparezcan o ya es hora de que se conviertan en bancos con accionistas detrás?
Vía | El País
Imagen | Tilemahos Efthimiadis